FIB Benicassim, Tercera Época

A comienzos de la década pasada el FIB era un festival en plena efervescencia que cada año incorporaba mejoras y crecía a buen ritmo. Sin embargo, los hermanos Morán, sus organizadores, eran conscientes que el modelo que habían creado en 1995 junto a Luis Calvo y Joako Ezpeleta, estaba tocando el techo que marcaba la limitada escena indie española. Si querían seguir ganando tamaño había que buscar espectadores adicionales fuera de España y el lugar ideal era el Reino Unido. Para un adolescente británico que no fuera alérgico a viajar la oferta era inigualable: cartel parecido al de un festival inglés, precio imbatible y una semana de playa olvidando la lluvia.

La apuesta salió redonda y el FIB se puso tan moda en las islas que el público foráneo comenzó a ser predominante. En paralelo, la selección de grupos comenzó a tener en cuenta los gustos de la nueva mayoría, pero sin llegar a descuidar la esencia del festival y al público local. Un movimiento como el que habían hecho los Morán no pasó desapercibido para Vince Power, un empresario irlandés que acaba de ingresar 46 millones de euros después de vender los festivales de Reading y Leeds y una parte de Glastonbury. Quien era conocido como The Godfather of Gigs, tras una dilatada carrera como promotor de salas y festivales, aterrizó en Benicassim con timidez y permaneció tres años en un discreto segundo plano, pero, desde su oficina de Londres, contribuyó de manera definitiva a popularizar el FIB como una opción preferente para los festivaleros británicos. Cuando en 2010 Power asumió en solitario la gestión del evento, el porcentaje de extranjeros rozaba ya el 80%. Por el camino, la alianza Morán/Power había demostrado músculo suficiente para borrar del mapa un Summercase que se había atrevido a competir en fechas con Benicassim.

Los años de Power al frente del FIB se recordarán con una sensación agridulce. Es indudable que bajo su dirección el festival se consolidó como una máquina infalible. Si ya con los Morán la mayor parte de cuestiones organizativas funcionaban bien, con Power aquello era un portaviones. Entradas, salidas, comida, bebida, baños, sonido de los escenarios, cualquier detalle técnico rozaba el sobresaliente edición tras edición. Basten dos ejemplos. El primero tiene que ver con la prensa y data de los tiempos de los Morán. El festival de referencia actualmente es el Primavera Sound. En este festival los periodistas tienen acceso a la estupenda zona Pro y cuentan con un más que correcto espacio con mesas, enchufes y WIFI para trabajar. En el FIB, la zona de prensa es una carpa en la que además de todo lo anterior hay ordenadores para quien no se haya traído el portátil, pantallas con la retransmisión de los conciertos, oficinas particulares para los medios principales y acceso permanente a la oficina de prensa del festival que facilita de forma continua información y tiene detalles tan prácticos como repartir el setlist de los conciertos.

El segundo está relacionado con la seguridad y la autoría es de Power. Las primeras filas del escenario principal del FIB se llenan desde muy pronto con una mezcla de groupies del grupo de turno y auténticos nietos de Drake sedientos de fiesta y crowd surfing, todos ellos regados de cerveza y cocidos durante horas a 30 grados en la humedad del Levante. En cuanto empieza el concierto, como sea animado, aquello es una orgía de lipotimias y cuerpos volando. Para evitar cualquier riesgo, Power refuerza el escenario principal con un grupo de ex militares británicos especialistas en control de eventos que dan tanto miedo como se llevan volando a la gente con total limpieza. La seguridad española les conoce como los Terminators y era curioso ver al propio Power controlar su trabajo desde el foso en cualquier de los conciertos grandes.

Sin embargo, no era oro todo lo que relucía en el FIB. La opción de llenar de adolescentes anglosajones el festival tuvo como contrapartida carteles sin riesgo artístico, nula atención al fiber que ya pasaba de los treinta y la paulatina desaparición de la electrónica (como bien señala Víctor Lenore en El Confidencial) como cierre apoteósico de unas noches que en su momento fueron leyenda. El público tradicional, sintiéndose desplazado, emigró a Barcelona y la segunda época del FIB incumplió la primera Ley de los Morán: un festival grande no se puede apoyar en un solo tipo de público. Es un detalle estúpido, pero una de las leyendas del festival era la famosa piscina de la zona de artistas. La nueva organización tardó un año en quitarla. En términos prácticos la decisión era un acierto, una piscina en ese ambiente es una bomba de relojería, en términos simbólicos, es un resumen de la historia reciente del FIB.

Y si el asunto ya empezaba a chirriar, los problemas de verdad llegaron cuando Power, recordemos que millonario, y tras batir récords de público en el FIB de 2011, decidió salir a bolsa en Londres para captar 9 millones de euros. El resultado fue nefasto, las acciones de la matriz inglesa se devaluaron y Power perdió tal fuelle que en 2012 Primavera Sound y Bilbao BBK le birlaran los grupos más apetecibles, curiosamente, británicos. Aún así, el año pasado, gracias a la inercia, el FIB fue rentable.

No sirvió de nada, la matriz inglesa alargó sus problemas financieros hasta la suspensión de pagos arrastrando a la misma situación a la filial española que tuvo que ofrecer una quita del 50% a sus proveedores. En un último intento de retomar la iniciativa, Power recompró la filial española a su propia matriz inglesa administrada judicialmente. De nuevo un movimiento inútil. Después de lo más difícil, Power no quiso, o no pudo, adelantar el dinero suficiente para asegurar el pago de los proveedores y parte de las empresas encargadas del montaje de la infraestructura del festival decidió no trabajar hasta ver el dinero encima de la mesa. Ante la posibilidad de suspender el FIB, Power tiró la toalla y vendió su parte dando paso a lo que será la tercera época del FIB.

Los nuevos dueños del festival son Denis Desmond y Simon Moran, de nuevo dos promotores británicos de primera línea, quizás los más importantes. La viabilidad del festival queda garantizada, aunque lo es una incógnita es la orientación que tomará. Lo más lógico sería pensar que han comprado el FIB para ampliar la oferta destinada a su público doméstico, por lo que lo siguiente será comprar a Fabra el Aeropuerto de Castellón, y en unos años reivindicar la soberanía compartida al estilo Gibraltar. Pero quizás lo que buscan es ampliar mercado en Europa y competir con marcas emergentes como la del Primavera, así que puede haber sorpresas. Pase lo que pase y a nada que la nueva organización aproveche sus contactos y economías de escala, me temo que en Barcelona y Bilbao van a echar mucho de menos a Vince Power.

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