El disparatado espectáculo de Joe Crepúsculo y Nacho Vigalondo en la Sala Juglar

“Las páginas de tendencia de los grandes medios publicitan hasta la náusea las últimas novedades anglosajonas, aunque su recepción en nuestra país sea muy minoritaria. Estilos musicales apreciados por los inmigrantes como el reggaetón, el kuduro o la cumbia, son considerados por los críticos como un pozo de degradación estética y sexismo. Es comprensible que a los aficionados a la música abstracta, digamos Stockhausen, les parezca que la música popular contemporánea es chusca y poco elaborada. No es el caso de la mayor parte de los críticos musicales, siempre receptivos a obras de aspiraciones irónicas poco innovadoras y mal tocadas si vienen avaladas por el New Musical Express. La mayor parte de la música que el occidente rico odia se baila en pareja y extremadamente pegado. Una pista de baile de reggaetón es una especie de consumación de la pesadilla simbólica occidental: una masa sudorosa, apretada y sin ilustrar, coreando letras de alto voltaje sexual y proclive a la violencia”.

Sobre esta base, que establece César Rendueles en Sociofobia (Capitán Swing, 2013) por inspiración de un acertado Víctor Lenore, y teniendo en cuenta que en Malasaña hay casi tantos críticos musicales como Djs, nos resulta inexplicable la cola que se formó el viernes pasado delante de la Sala Juglar para ver a Joe Crepúsculo y revivir los mejores momentos de Wendy Sulca en el Youfest de 2012. El truco que lo hace posible es el talento de Jöel, evidente en letras y melodías, y el sentido del humor con el que lo plasma en formato de techno casero aderezado de cumbia o lo que toque. Y lo que toca este año, además del latino, es el bacalao que solían ofrecer hace años en varios lugares de la carretera de El Saler, hilo conductor de Baile de Magos, el último trabajo del barcelonés.

Joe Crepúsculo y Nacho Vigalondo

Así que, recién mudado a Madrid, Crepus estrenó su nueva residencia convirtiendo el Juglar en una Puzzle llena de barbudos con camisas de cuadros saltando desatados desde la primera canción. Y si el concierto estaba ya animado por si solo, solo faltaba Nacho Vigalondo (aka el Alacrán) como frenético gogó y animador, para que la sala reventara. Bien “Leyenda”, lo único parado del concierto, mejor “Batalla de robots” e imparables “Ritmo Mágico”, “Suena Brillante” y “Mi fábrica de baile” como remate final. Aún estando en enero y sin ningún rubor, creo que a pocos conciertos más divertidos voy a poder ir en todo el año.

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