Primavera Sound 2013, reflexiones generales

El día en el que en un escenario del Primavera Sound voló por primera vez un katxi (mini o como lo quieran llamar) lleno de líquido sobre las cabezas del público, terminó el antiguo concepto del festival y nació uno nuevo. Ese momento fue alrededor de las 2 del 25 de mayo, Blur estaban sobre el escenario y sonaban los primer acordes de “Girls & Boys”. El nuevo Primavera es la consecuencia inevitable de una realidad obvia, el festival es una S.L., no una fundación. Cuenta Enric González en Memorias Líquidas la decepción que se llevó cuando descubrió que un periódico no es de sus periodistas, sino de los accionistas, y por lo tanto, una forma de hacer dinero. Un festival es parecido, otra forma cool de hacer dinero. Pero al igual de lo que le ocurría a El País, hubo un tiempo en el que el Primavera parecía menos preocupado con los beneficios. Al menos, a diferencia de El País, el nuevo Primavera ha hecho pocas cosas reprochables y sigue siendo el mejor festival con diferencia gracias a un cartel siempre tan sorprendente como apabullante.

Entre los peros, es cierto que el recinto ha ganado metros de una manera un tanto incómoda, y que aún tres años después de estrenarla, no han conseguido aún acertar en la distribución de la gran explanada de Levante. En esta edición el problema ha sido el solapamiento del sonido del escenario Heineken (el principal en cuanto a tamaño), y del ATP, trasladado a la vera del anterior para evitar probables aglomeraciones del coqueto pasillo en el que estaba situado. Lo malo es que este problema tiene mala solución. Quizás la menos mala sea la de hacer alternos los conciertos de estos dos escenarios.

También es verdad que se ha llenado demasiado, y que a muchas de las nuevas incorporaciones, la música no es lo que más les importa. Pero esto tan inevitable como en buena medida premeditado. A partir de cierto momento, y salvo que seas el Viña Rock o similares, la única forma que tiene un festival de crecer en España es abrirse al resto de Europa. Y en estos asuntos la Organización muestra ciertas tendencias esquizofrénicas. Hace promo prácticamente de forma exclusiva en países escandinavos buscando guiris premium, pero a la vez programa la única actuación de Blur en el Mediterráneo. ¿Resultado? Unos pocos y educados noruegos, y cada vez más ingleses de despedida de soltero. Pero no se alarmen, esto no tiene que ser necesariamente malo. No se crean todo lo que les cuentan del FIB, sobre todo porque la mayor parte de los que lo dicen no han ido desde hace diez años. Los ingleses, por muy nietos de piratas que sean, no suelen dar problemas salvo que te empeñes en robarle la cerveza o la novia a alguno, y los vasos exclusivamente vuelan en las primeras filas. Es verdad, gritan mucho, y saltan y bailan, pero basta con no querer ver el concierto desde la valla para evitar la mayor parte de las incomodidades. A cambio, los escenarios son comodísimos y suenan igual de bien estando a un metro que a mil. Y este es el gran problema actual del Primavera y el único realmente censurable a sus organizadores. El sonido de los escenarios, sobre todos de los principales es necesariamente mejorable. Cicatero en cuanto a volumen (los inconvenientes de un festival urbano), en cuanto hay algo de viento se convierte en una lotería. En el Heineken por ejemplo, salvo en las primeras filas (y esto ya hemos quedado que hay que evitarlo en la medida de lo posible), había más posibilidades de escuchar la caja del grupo del ATP que la del batería al que estabas viendo. En el Primavera, los cortes continuos de la música impuestos por el limitador hacían de conciertos como el de Breeders verdaderas torturas.

Por lo demás, el festival sigue creciendo de forma sostenible. A destacar las barras, que este año han funcionado como un tiro. Los camareros portugueses, poco habladores pero impecables. ¿Su única pega? El empleo local. Los baños más que suficientes, pero la comida muy muy mejorable, por no decir nefasta. Pero aquí, no tengo nada que criticar. La Organización permite entrar con bocadillos, así que al menos ha alternativa.

Por no aburrirles más, con la condición de que suban el volumen, volveremos el año que viene a Barcelona, al fin y al cabo, en cuestión de festivales, lo es la economía lo que importa, es el cartel estúpido.

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